Primer domingo de Adviento

Estos días de otoño, coincidentes con el termino del año litúrgico y el lento y pausado fin del año civil, nos dirigimos de modo inexorable hacia Navidad y el año nuevo que tras ella, aparecerá. Las hojas en los árboles a punto de caer, son el canto de la naturaleza que de modo silencioso nos predica, la finitud de la vida, la fragilidad del ser. Si echamos la mirada atrás, veremos caras y nombres de personas que ya no están, pero que seguirán estando en nuestro corazón, porque ellas han sido y seguirán siendo para nosotros muy importantes.

Por ello, la liturgia de la Iglesia, nos ofrece estas cuatro semanas, con sus cuatro domingos, para preparar la Navidad. La de verdad, la que llena de esperanza el corazón. Y nos ayuda a mirar hacia adelante.

Sabemos, que hay otra Navidad: la de los centros comerciales y la de las calles. Es una navidad, cara que no es para todos, porque exige pagar por ella. Precisamente, por eso no es la auténtica Navidad, porque no reúne el requisito divino y humano de la gratuidad. Dios se hace Hombre para salvarnos. Y a cambio, “pide no pedirnos nada”. Creo que esta es una buena actitud de Adviento: “no pedir nada, pero quererlo todo de El”. No pedir nada, porque Dios ya sabe lo que necesitas y quererlo todo, porque solo de los que quieren y desean, es el Reino de los cielos. ¿Que hacen sino los niños, para haber sido los llamados a heredar este Reino?; ellos desean, y lo esperan todo De Dios.

Alguno pensara; “si que estamos buenos, S. Pablo, me indica que: “cuidado con las comilonas y borracheras, con la lujuria y el desenfreno”. Ya te han aguado la fiesta. Justo cuando comienzan las compras y las comidas y cenas de empresa, la Iglesia me recuerda, que tenga cuidado. Ya está el tío Paco con las rebajas. Y nada más lejos de la realidad, el tiempo de Adviento con las lecturas que has escuchado, te pone en la tesitura de cambiar, de ser mejor. Ante la certeza de llegar a  ser un día juzgados por Dios, hemos de apresurarnos a estar a bien, con El, con nosotros mismos y con los demás.

-Con El: rezando, teniendo tranquilidad para hablar y sobre todo, escuchar a Dios.

-Con nosotros mismos: por medio de una buena confesión. Reconocer los fallos delante De Dios, me abre a su perdón, conmigo mismo y con los demás.

-Con los demás: siendo atento con las personas, no siendo orgulloso/a, procurando desaparecer tras haber hecho el bien.

Por ello, mientras el mundo te pregunta: ¿has comprado ya?; tu, puedes preguntarte: ¿me he confesado ya?, ¿he hablado o he sido acogedor/a, con esta persona?,  Te aseguro que la mejor Navidad es la que se vive en el corazón, lejos de las luces, de los ruidos y de los excesos con que se nos oculta la verdadera Navidad.

Cuatro semanas se abren ante tus ojos para ir cultivando ese terreno interior que es tu corazón, en el que Cristo quiere volver a realizar su salvación.

Cuando pongas el Belén, y compres el turrón, piensa que, habrá familias que no podrán hacerlo, entonces, de rodillas ante El Niño Dios, pregúntale, ¿que puedo hacer?….

María, en su advocacion de Inmaculada, cuya novena hemos comenzado hoy, sueña caminos, por los que hemos de pasar para encontrar a Dios.