Dom XXVI T. Ordinario.

A todos nos ha emocionado ver estos días las imágenes de tanta gente ayudando en la labores de limpieza y desescombro en Mallorca. Y especialmente, esa imagen en la que vemos a nuestro campeón mundial de tennis, Rafa Nadal, jugando el mejor set de su vida. Aparece Rafa, con botas de agua y en lugar de raqueta con la pala en la mano, para como los demás, ayudar a limpiar, lo que sin duda alguna ha sido una gran catástrofe. ¡Bravo por Rafa, y bravo por todos los españoles que como él, se afanan (nos afanamos) en sacar adelante España!.

El Evangelio de este Domingo, nos está mostrando la historia de un joven que quiere llegar al cielo. Es un hombre bueno, que cumple los mandamientos. Realmente, no le falta nada de lo que podemos estimar es necesario para vivir bien en cristiano. Pero, le ha faltado una cosa: dejarlo todo, para seguir a Cristo.

Es la diferencia entre la persona que solo es buena y la que es santa. El bueno, obedece a Dios, evita el mal e incluso, hace el bien. El santo, todo eso y además, vive desprendido de si mismo y de todo lo que le pueda separar de Dios o de los demás.

Jesucristo, en este Evangelio, no condena los bienes materiales; Él mismo los necesitaba. Sino que condena la actitud del corazón que nos encierra en esos bienes materiales. En realidad nos está previniendo del peligro que es tentación de poner otras cosas en el lugar de Dios. Y, acabamos adorando, al dios-dinero, al dios-mascota o al dios-coche. Sin darnos cuenta que todas esas cosas, están puestas, para nuestro servicio y para el de los demás. Pero, no para que les demos nuestra adoración.

Me gusta la frase que describe ese momento en el que, Cristo, mira al joven y le amó. La mirada de Cristo, de enamorado, transmite amor, comunica amor. Jesucristo, también nos mira a cada uno de nosotros de esa manera, aunque nos equivoquemos, es más, a más equivocación, mayor es su amor. Dejémonos inundar por el amor de Dios, para no conformarnos con ser buenos, sino aspirar a ser santos, con la ayuda de Dios. Poniendo amor en lo pequeño de cada día, implicándonos en la ayuda y el servicio a los demás, no siendo colaboradores, sino artífices de esa civilización del amor que nos solía mencionar el Papa Santo Juan Pablo II.

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