Domingo XIX

Vivimos en la era de la somatolatria o culto al soma, al cuerpo. Hoy en día, descansar unos días en un spa, se valora mucho más que hacer una tanda de EE. O, conseguir una buena figura es más apetecible que dedicar unos minutos de sagrario en la Iglesia de mi pueblo. Cuando en realidad, ambas cosas, el cuidado del cuerpo y el del alma, son no sólo compatibles, sino necesarias. ¿Por que es esto así?; no por mala voluntad pero si por despiste. Los seres humanos, hemos perdido la referencia a Dios y nos hemos habituado, a la autorreferencialidad. Vivimos volcados en nosotros mismos. Con lo cual, nos hemos ido cerrando a la trascendencia De Dios en la propia vida. Cuando todo va bien, no hay aparente problema, pero cuando algo falla, entonces el edificio se desmorona, por falta de cimientos, porque ahí no está Cristo. Por ello, el Señor nos propone a través del Evangelio de este Domingo una vuelta a la interioridad, al cultivo de la vida interior. Son tres consejos:

-“Estad en vela”: atentos, a la escucha. No tensos, sino con el corazón en Dios. Interpretamos el estar vigilantes con no poder descansar. Tensos, atentos a lo que sucede. Nada más lejos de la realidad. Vigilar es orar y orar es siempre hablar con Dios. Verlo todo desde El. Cuidar mi trato con Dios. Descansar en Dios.

-“Tened preparada el alma”: ante lo imprevisto y ante lo previsible, cuidar el estado de mi alma. ¿Cuando fue tu última confesión?. Si fue, hace más de un año, ya sabes lo que tienes que hacer. Has revisado tu corazón, tus dientes, el colesterol antes del verano, seguramente también, tu coche, y, ¿el alma?, ¿a que esperas?, es lo más importante de tu vida porque en ella están asentados no solo tu carácter o tu modo de ser, sino la memoria de tu vida. El disco duro donde van quedando almacenadas todas tus circunstancias y tus obras. Lo bueno y lo malo. Es necesario que lo resetees para recomenzar. Que te pongas a bien con Dios y contigo mismo. Solo así, podremos dar el fruto que Dios quiere. Solo así, seremos completamente libres.

-“Al que mucho se le dio, mucho se le pedirá”: hay que hacer rendir los talentos. No es falta de humildad, reconocer delante De Dios (el matiz es importante) lo que uno hace bien, porque así reconocemos el don De Dios en nuestra vida. Como tampoco es malo, descubrirle nuestros defectos, porque así podemos mejorar aspectos concretos de nuestra vida. Unas y otros, virtudes y defectos, nos configuran como personas y si sabemos ponerlos en la presencia De Dios, El los dotará de un sentido sobrenatural que nos empujara a entregarnos sin reservas a los demás. Todo sirve para el bien de los que aman al Señor. Omnia in bonum.

No estamos aquí, para condenarnos, sino para salvarnos y ayudar a otros a alcanzar ese fin. La felicidad es un buen medidor de si me estoy dejando salvar por Dios o por el contrario, me quiero salvar yo solo/a, sin contar con la ayuda De Dios.

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