Domingo IV T.O.

En estos días, en que rezamos por el pueblo de Venezuela, hemos de considerar la Palabra De Dios de este domingo: un momento en la vida de Cristo un poco sorprendente; El había proclamado la Palabra, la lectura de Isaías en la sinagoga. Todos le alaban y se sorprenden de que sean la misma persona, El que les habla y “el hijo de José”. Siempre nos ocurre, que buscamos encasillar los acontecimientos y a las personas, según nuestro criterio, solo humano.

Lo realmente sorprendente es que los mismos que unos minutos antes le alababan, después al poco, le critican hasta enfadarse fuertemente con El hasta querer despeñarle montaña abajo. ¿Que ha ocurrido?; en primer lugar que somos como veletas, según donde sople el viento, para ya vamos.

Pero, en segundo lugar, que les ha indignado que haya hecho curaciones fuera de Israel, en zonas de gentilidad. Sarepta y Siria no son territorios incluidos como del pueblo elegido. Son zona de infieles. Por eso, el pecado de los que increpan a Jesus, es querer apropiarse de la salvación (don De Dios), y quererlo solo para ellos. Sustrayendo la salvación de su único fin: que llegue a todos, creyentes y no creyentes.

Por tanto, lo que en estos días se está viviendo en Venezuela es un ejemplo de lo que digo; una oligarquía político-militar, liderada por un dictador, se ha apropiado de algo (la libertad, y la riqueza natural y material de un país) en su propio provecho, sustrayéndola de su destino final, que es el bien de todos.

En un ámbito personal puede ocurrirnos algo parecido: no reconozco el don De Dios o reconociéndolo, evitó usarlo para bien de los demás y me lo apropió. Esto lo podemos aplicar a todo aquello que recibimos gratuitamente De Dios: la fe, la salud, el amor, la amistad, los bienes materiales. Si son un don De Dios, ¿Por que nos los queremos apropiar, como si fueran más una conquista personal que un auténtico regalo De Dios, para bien nuestro y de los demás?. 

Que la Virgen María nos haga magnánimos, con ánimo grande, para ayudar y dar en la medida que Dios quiere, sin apropiarnos nada.

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