Dom 30

“Padre, yo ni robo, ni mato”. Es un modo de comenzar la confesión, algunas personas. Sin darnos cuenta, podemos ser un poco fariseos. “No soy como los demás”, o lo que es peor, “no soy como mi suegra o como mi marido o mujer”… ¡que no!, que en la confesión, lo hacemos de pecados propios, personales, que constituyen el entramado de nuestra propia debilidad. Y Dios, siempre responde con Misericordia y Amor.

“Señor, apiádate de mi que soy un pobre pecador”. Es la frase, que nos pone ante nuestra propia verdad. Somos hijos/as De Dios, pecadores, necesitados de la compasión De Dios, único capaz de salvarnos. La decimos, justo antes de recibir la absolución del sacerdote.

Fijémonos, en estos dos hombres: fariseo y publicano. El primero, se considera perfecto desde el punto de vista religioso, cumplidor de la ley judía. Y en su vida social, solían ser austeros. Los segundos, eran muy corruptos en su vida personal y de negocios, amantes del dinero y por tanto, malgastadores… y vividores.

Sin embargo, el fariseo tan perfecto desde el punto de vista de la fe, es el que no se salva y el publicano, si. ¿Que ha sucedido?….

-El fariseo, comienza su oración dando gracias. Reconociendo que no es malo como los demás. Y, en lugar de atribuirlo a Dios, se apropia de su don. Pago el diezmo y ayuno. Se auto justifica. No necesita a Dios para salvarse.

-El publicano, se reconoce pecador, incapaz de salvación, salvo por medio De Dios. No se auto justifica, y deja a Dios que le salve. Es un mendigo de la misericordia De Dios. La actitud de manos vacías, es muy buena en la relación con Dios.

Dios, siente debilidad por los humildes y abre su corazón, al que le invoca con fe y humildad. Sin embargo, el que no se estima necesitado De Dios ni de los hombres, es como ese fariseo, que marchó a su casa, no justificado. 

Le pedimos a Dios, ser almas agradecidas por cuánto recibimos de El y que sepamos, reconocernos necesitados de su misericordia y de su Amor. Solo así, podremos ser salvados y experimentar un Amor grande de un Dios, que es nuestro Padre.

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