Domingo IV, Laetare

La Ciencia afirma que en el principio el mundo tenía vida, pero era una vida ciega en la que aún no se podía percibir su belleza. Como el niño recién nacido que aún no puede distinguir los colores ni los objetos que contienen esos colores. El relato que acabas de escuchar, del ciego de nacimiento es un relato en tres partes:

-El ciego, reconoce en Jesús, a un hombre, que le ha curado.

-El ciego, se da cuenta que ese que le ha curado es un profeta.

-Finalmente, reconoce en Jesús al Hijo de Dios, se postra y le adora.

También en nuestra vida, hemos pasado por esas fases; hemos reconocido en Jesús-Hombre en una persona amiga que nos ha llevado hacia Dios, (y no nos hemos equivocado), después hemos visto en él, a un profeta porque las piezas de nuestra vida encajaban como un puzzle, que daba sentido a todo, (hasta un musulmán, de acuerdo con el Corán, podría reconocer en Jesús a un profeta) y finalmente, hemos reconocido a Jesucristo, cuando hemos experimentado ese amor inagotable que sólo Él nos puede dar (esto sí es específico de los cristianos).

Por eso, este relato del ciego de nacimiento, nos describe como ha de ser nuestro conocimiento de Dios: mediado por Jesucristo y por el don de la fe. Si te has fijado, una vez que Jesús le unta el barro en los ojos, le invita a ir a la piscina de Siloé a bañarse. Es algo muy importante, porque gracias a ese baño “que simboliza el bautismo”, los ojos de este ciego comienzan a ver de verdad, porque saben ver a Dios en los demás. Así, que este ciego, al final del relato ya está en condiciones como de hecho ocurre, para reconocer en Cristo al Hijo de Dios. Con no poca razón, los primeros cristianos llamaban al bautismo “photismos”, iluminación, porque la luz de Cristo entra en el alma por medio del Espíritu Santo.

Como diría S. Agustin: “intelego ut credas, credo ut intelegas”… Conozco para creer y creo para entender. Ni solo fe, ni solo razón, ambas han de ir juntas. Como nos recuerda el Papa S. Juan Pablo II en su encíclica Fides et Ratio: “la fe y la razón son como las dos alas del espíritu humano, con las cuales se eleva hacia la contemplación de la verdad”…

La persona que solo se apoya en la fe, puede caer en el fideísmo, con lo que ello supone, de falta de racionalidad. Y, el racionalista, no es capaz de ver más allá de lo empíricamente comprobable, sin darse cuenta que las grandes experiencias de la vida, son siempre fruto de un misterio. Un ejemplo, es la inteligencia o el enamoramiento: son realidades que no son contables, no las puedo meter en un bote, o cogerlas con guantes (ahora que en estos días, los llevamos puestos para todo) y sin embargo, existen, es más, son esenciales para el buen vivir humano.  Uno, no se enamora de otra persona por el hecho de leer un tratado sobre el amor humano, sino porque comienza a percibir en esa persona, una serie de cualidades, virtudes, etc, que le llaman la atención y su inteligencia y su voluntad tienden al encuentro con esa persona.

Así, es como Cristo se nos presenta en nuestra vida. Genera en nosotros una atracción que nos lleva a buscarle, a encontrarle, a quererle. Todos hemos tenido diferentes momentos de encuentro con Él; en unos EE, en una peregrinación (la de T. Santa así lo ha sido para muchos de vosotros), o en cualquier otra circunstancia no necesariamente religiosa… Un trabajo, un amigo, una enfermedad, una curación. Y, ese encuentro con Cristo nos ha cambiado la vida.

El otro día me contaban de un matrimonio, que en estos días de reclusión, él reconocía: “ahora, he conocido realmente a mi mujer”. Uno se echa a temblar, será bueno o malo eso que dice. Creo que lo decía en positivo, porque en estos días habían podido hablar más a fondo de cuestiones importantes. Dios se hace el encontradizo de diferentes modos en nuestra vida, solo hace falta darnos cuenta como el ciego de nacimiento.

Por eso, la fe cristiana no es creer algo (que Dios existe, un más allá), sino creer en alguien. Jesús, en el Evangelio no da una lista de cosas que hay que creer, no nos dice: “creer esto y esto”, sino más bien: “creéis en Dios; creed también en mí” (Juan 14,1). Creer es creer Jesucristo. Muchos intelectuales en su dificultad por creer, depende en gran medida de no haber encontrado a Jesucristo, tal vez ni siquiera lo han buscado. Si yo no me hubiera encontrado con Él, hoy sería un no creyente.

Por tanto, dejemos de discutir sobre la fe y la razón, como si fueran animales a diseccionar y planteémonos abrir de par en par las ventanas del corazón a Dios, a través de la lectura de su Palabra, del Evangelio, tanto del escrito como del no escrito, que nos llega a través de tantos testimonios de vida, de historias de conversiones, y si no podemos gritar como el ciego: ¡Creo Señor!, digámosle al menos, ¡Señor, aumenta mi fe!… Adauge nobis fidem…Y, acórtanos la prueba…