V Domingo de Cuaresma.

En este Evangelio siempre me ha llamado la atención, la soledad de esta mujer. Una soledad que se describe en dos momentos diferentes:

-Primero, cuando está rodeada de los que de forma inmisericorde, la quieren apedrear. Imagino su miedo y angustia. -Trasladado a nuestros días, se corresponde con las situaciones desgraciadamente tan habituales, de violencia y odio en el seno de algunas familias. La mal llamada violencia de genero-. Y digo mal llamada, porque da la impresión que entre el hombre y la mujer, siempre ha de existir un germen de antagonismo o lucha. Nada más lejos de la realidad. La complementariedad sexual si está bien orientada ha de ser fuente de paz y de unidad. Distinto es el nombre que las ideologías le quieran otorgar. Y distinta la vivencia deformada de la relación entre los sexos.

-Y, un segundo momento, cuando ya se han ido, uno a uno sus acusadores y ella permanece en pie (Dice el Evangelista que Jesus se incorporó para hablar con ella) delante de Jesus. Imagino en ese momento, su sorpresa y al poco de estar allí, su tranquilidad. Pienso en el tono de voz de Cristo y en el de Ella. Es un momento en la vida de Cristo, que recuerda al diálogo con la samaritana. Desde la caridad y la verdad, la Palabra y la presencia del Señor conducen a la mujer, a la misericordia De Dios. Lo único que en ese momento podía curarla y devolverle La Paz y la felicidad. Qué diferente es la soledad, según se viva con Dios o sin El.

-Se echa de menos, la presencia del hombre que había pecado con la mujer. Por eso, la injusticia hacia ella se agrava, pues se está ocultando una parte de la situación. A su vez, los que la quieren lapidar, no atienden a las circunstancias de vida, anímicas, psicológicas de esta mujer; ¿que es lo que le ha llevado a pecar?; el pecado, pecado es y no está bien. Pero, la persona pecadora es a la que hay que salvar y por eso requiere acompañamiento y comprensión y perdón. “No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta de su conducta y que viva”.

-¿Donde están tus acusadores?, le pregunta Jesus. La Palabra Satán significa acusador. Es curioso que al momento, de hablar Jesus a los acusadores, y hacerles ver que también ellos tienen pecados, se han marchado uno a uno. Es lo mismo que sucede cuando vamos al confesionario, cuando el penitente se arrodilla, se marchan los malos espíritus y la persona está sola delante del Amor De Dios. Que paz y que sabiduría la De Dios el habernos otorgado por medio de su Iglesia un sacramento tan eficaz y tan medicinal. La confesión no sólo cura las heridas del pecado en el alma, sino que es el remedio para prevenirlos. “Vete contenta y en paz, tampoco yo te condeno”….”Ego te absolvo”, son las palabras de Cristo que dichas por el sacerdote nos perdonan los pecados. Que liberador, que sanador, que enorme paz en el alma el saberme reconciliado/a con Dios en este sacramento. ¡Bendito regalo De Dios!.

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