Domingo XXXIII

El talento, es una unidad contable que equivale a 50 kg de plata. Se comprende el interés del Señor de la parábola en no solo recuperar el talento, sino en obtener algún fruto de ello.

Todos los presentes, hemos sido enriquecidos en todo y en especial con el don del Espíritu Santo. Vamos a pedirle a Dios ahora que nos ayude a ver lo bueno de los demás, para ver también lo bueno en tu vida. La familia, los amigos, tu fe, son lo principal. En otro plano, importante pero diferente: tu salud, tu trabajo, tus proyectos.

Los talentos se encuadran en los dos planos, el espiritual, constituyendo ese entramado de fe, sentimientos y afectos. Cuando son rectos y nobles, me llevaran a Dios. Y, el material, que es indispensable para vivir. Quieres evangelizar, pues antes hay que alimentar. No esperes que una persona que pasa hambre, conozca a Dios. Antes, debes llenar su estómago y después, hablarle De Dios.

Dicho esto, nos encontramos en disposición de explicar la frase, que en mi opinión es clave para entender este Evangelio: “al que tiene se le dará, y al que no tiene, se le quitara hasta lo que tiene”. Santa Teresa de Lisieux, con la que me identifico porque no le gustaba el queso, la explicaba así: si tú haces rendir los talentos que has recibido, inteligencia, voluntad, amabilidad, etc, Dios te dará más talentos. Sería el caso, de los dos primeros de la parábola. Si tú, no haces rendir el talento, por la razón que sea, como el último de la parábola, defraudas la expectativa De Dios y podrías llegar a perder ese talento. Eso significa, “al que no tiene, se le quitara hasta lo que tiene”.

Por eso el talento, no es solo tenerlo, hay que hacerlo rendir; ¿como?: cada uno, en la situación concreta de su vida. Con las dificultades inherentes a cada vida, así hemos de hacer rendir los talentos. Intentando vivir en la mejor forma posible tu vida cristiana. Que no se trata de hacerlo todo bien, sino de que el Bien, Dios mismo sea tu apoyo más firme.

Virgen Madre, detectar el don De Dios y ponerlo al servicio de El y de los demás.

AUDIENCIA DEL 18 DE ABRIL DE 2018.

Continuamos, en este tiempo de Pascua, la catequesis sobre el Bautismo. El significado del bautismo resalta claramente en su celebración, por lo que nuestra atención se dirige a ella. Si examinamos los gestos y las palabras de la liturgia, nos daremos cuenta de la gracia y del compromiso de este sacramento, que siempre debemos redescubrir. Lo recordamos en la aspersión con agua bendita que se puede hacer los domingos al comienzo de la Misa, así como en la renovación de las promesas bautismales durante la Vigilia Pascual. De hecho, lo que sucede en la celebración del bautismo despierta una dinámica espiritual que atraviesa toda la vida de los bautizados; es el comienzo de un proceso que permite vivir unidos a Cristo en la Iglesia. Por lo tanto, regresar a la fuente de la vida cristiana nos lleva a comprender mejor el don recibido en el día de nuestro Bautismo y a renovar el compromiso de responder a él en la condición en que nos encontramos hoy. Renovar el compromiso, comprender mejor este don, que es el bautismo, y recordar el día de nuestro bautismo. El miércoles pasado puse esos deberes para casa y para cada uno de nosotros: Recordar el día del bautismo, el día en que fui bautizado. Sé que algunos de vosotros lo saben, otros, no; aquellos que no lo saben, que lo pregunten a los parientes, a esas personas, padrinos, madrinas… preguntad: “¿Cuál es la fecha de mi bautismo?” .Porque el bautismo es un renacimiento y es como un segundo cumpleaños. ¿Entendido? Haced estos deberes, preguntad: “¿Cuál es la fecha de mi bautismo?”. Sigue leyendo