Domingo VII: perdonar a los enemigos.

A. Resumo la homilia, con la experiencia vivida con no poco dolor, de una viuda de un asesinado por la eta. Como es normal, el odio y la impotencia se apoderaron de su corazón y del de su familia. Un día, no pudiendo vivir con tanta rabia en el corazón (cuando asesinaron a su marido, sus tres hijos eran muy pequeños), fue a hablar con un sacerdote para exponerle su situación. En ese dialogo, Ella reconoció que no podía perdonar, aunque quería hacerlo. El sacerdote, le dijo que ese “querer perdonar”, ya era oración que sería tenida en cuenta por Dios.

Y así quedaron las cosas. El sacerdote le dio la absolución y le dijo, rezaré mucho por ti. Al cabo de los días, volvieron a quedar y ella le dijo, que el odio era mucho menor y que, aunque sentía un profundo dolor, percibía que comenzaba a tener paz en el corazón. El sacerdote, le explicó que esa nueva experiencia era fruto de su oración, de su querer perdonar. Dios le estaba dando la gracia para perdonar completamente.

Y es que, no podemos vivir con odio. Es agotador y quita mucha libertad. Piensa ahora en el ofertorio, si hay alguna persona a la que te gustaría perdonar. Y cuando coloque el pan y el vino sobre el altar, coloca tu a esa persona, basta que digas en silencio su nombre. Dios, te ayudará….

B. El Evangelio de este Domingo, pone en conexión la ley del Amor con la de la libertad. Amar de verdad, sin condiciones libera al hombre y no hacerlo o hacerlo con condiciones, le aprisiona. Todos hemos tenido la experiencia de sufrir un mal injusto, a veces fortuito, no querido por la parte ofensora, como por ejemplo, fruto de un accidente, y otras, deliberadamente causado para perjudicarnos. En El Segundo caso, siempre cuesta más perdonar y no digamos ya, olvidar.

¿Por que nos pide Dios, perdonar a los enemigos?, ¿no se da cuenta que, además de humanamente imposible, da la impresión que supone negar toda justicia?: no es verdad. Dios nos pide tan alto precepto por dos razones; porque El, perdono a los que le ofendían (cada uno de nosotros) e incluso a los que le mataron. Y, en segundo lugar, porque El sabe que el único modo de ser libres y por tanto felices, es perdonando, no guardando rencor.

Si te das cuenta, la Ley del talión romana que describe el Evangelio, se fundamenta en la proporcionalidad entre ofensa-castigo, superando la ley de la venganza anterior. Pero, Cristo, lleva a plenitud esa proporcionalidad, superando el límite del cálculo humano y excediéndose en el “no límite” del Amor. Solo el perdón y la verdad, liberan. Y Dios nos quiere muy libres para poder amar, vivir y ser felices. Esto no excluye que la justicia divina, premie las buenas obras y castigue o prive de bien, las malas. Nunca hay que olvidar el juicio particular que Dios tendrá con cada alma. Importante. Y, Dios no ha dicho que los litigios y conflictos, no deban resolverse según las reglas de la equidad y la justicia humanas.

Luego, una cosa es perdonar al que me ha ofendido y otra bien distinta, es no juzgarle por lo que ha hecho. La caridad, reclama siempre justicia y al revés, la justicia, Caridad.

Pero, llegados a este punto: ¿como perdonar a quien me ha ofendido y seguramente, en forma grave?; solo hay un camino, la oración. Orad por vuestros enemigos, nos dice el Señor. Primero, para que se conviertan y segundo, porque solo desde Dios, podemos curar la herida que nos hizo la ofensa. Si miro a Cristo crucificado por mis pecados y me dejo mirar por El, comprenderé que en parte, también yo he sido crucificado (por la injusticia que me hayan hecho) y por ello, mi mejor opción será, como Cristo perdonar. No olvidemos que la justicia De Dios, siempre misericordiosa, llegara a plenitud cuando nos encontremos con El, en el cielo. Y que El siempre nos dará el ciento por uno (no cabe mejor compensación) y además la vida eterna.

Por eso, vivimos para el Señor y nuestra meta es el cielo. Lo que aquí vivimos, es el camino para llegar allí.

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