Domingo XXIII

Son muchas las personas que a lo largo del día, visitan nuestra Iglesia. La mayoría, cuando entran giran la cabeza como la niña del exorcista para ver el coro, la piedra y el techo de madera. Pero, pocos caen en la cuenta que en el sagrario vive Dios. En ocasiones, cuando veo la oportunidad les señaló hacia el sagrario y les digo: “ahí, vive el Amor de mi vida, de tu vida”. Algunos me miran como si me hubiera vuelto loco, otros simplemente sonríen y pocos, responden con un asentimiento o alguna reflexión o incluso, con una genuflexión.

Son tiempos recios, como decía la Santa de Ávila y por eso, muchos ni siquiera saben dónde encontrar a Dios.

Y esto no les ocurre solo a los no creyentes, nos puede ocurrir también a nosotros, hombres y mujeres de Iglesia. La segunda lectura, describe la situación de los Tesalonicenses, que vivían tan preocupados por la segunda venida del Señor que habían llegado a desatender sus ocupaciones habituales; … algunos, dice el Apóstol, “viven sin trabajar”.

Recuerdo en una ocasión, una madre que vivía muy angustiada con sus hijos, pensando ¿que sería de ellos, cuando fueran adolescentes?; ¿con quién irán, que harán, dónde saldrán?. Y se había olvidado completamente de vivir el presente de sus hijos. Sus juegos, su aprendizaje de niños, la necesidad de cariño…. Estaba tan preocupada por lo que vendría que había olvidado el presente. Como dice S. Agustín: “¿de qué sirve preocuparse por la segunda venida del Señor si aún no he acogido la primera? , o S. Ambrosio, obispo de Milán y mentor espiritual de S. Agustín: “nos preocupamos de cuándo y cómo vendrá el Señor y desatendemos su presencia en nuestro corazón”.

El Evangelio de este Domingo, es una llamada de atención para que vivamos el momento presente, poniendo el reloj a cero, para poder recomenzar la vida en Dios, sin agobios, evitando poner falsas ilusiones en un futuro incierto que además, no depende solo de nosotros, evitando la nostalgia del pasado y conscientes que lo que más quiere Dios, es vernos felices amando y entregándonos en el este momento. En definitiva, siendo fieles y perseverantes, para salvar nuestras almas. Por eso la santidad es tan actual, porque se vive aquí y ahora, en las circunstancias que a cada uno, nos han tocado vivir.

Como dice el Señor: “esto que contempláis, llegará un día que no quedara piedra sobre piedra”. Lo vemos en la vida política, partidos o miembros de ellos que hoy están y mañana desaparecen. El tiempo pasa, la vida pasa, las personas también pasan, pero Dios permanece y es lo que necesitamos, que Alguien permanezca para dar consistencia y estabilidad a nuestra vida. La estabilidad no ha de ser, solo política o económica, sino sobre todo existencial, porque se apoya en Dios, el Eterno.

La Virgen María, supo apoyar su vida en Dios, con confianza plena y nada de lo que El le había prometido, dejó de hacerse y de acontecer.