Dom XXXIII T. Ordinario.

Existe un monje benedictino inglés, John Apetit,  que en su libro: Dios no está enfadado, explica cómo es Dios. No como a veces le hemos pensado, exigente, moralista, incluso despiadado, sino indulgente, compasivo y misericordioso. Nos viene bien recordarlo, puesto que este Evangelio, explica en tono y lenguajes apocalípticos, el fin del mundo, que en cristiano corresponde a la Parusía o segunda venida del Señor.

No hay que temer a Dios, no hay que sentir miedo, más bien al contrario: entender que en su plan de redención, entramos todos y que es lo único que nos salva.

Los cristianos no podemos ser vaticinadores de catástrofes, por eso podemos mirar con esperanza, nuestra vida y nuestro futuro. Todo ello, sin eludir una realidad y es que el mundo cambia y nosotros con el. Ahora, nos encontramos no solo ante una época en cambio (nuevas tecnologías, etc), sino ante un cambio de época.

Y, no nos debe preocupar en exceso el futuro, que de hecho, solo Dios conoce, sino más bien el presente en el que tenemos un importante papel. Pensamos en el futuro pero con optimismo sobrenatural. No con ese realismo humano, con el que muchas veces lo único que hacemos es desanimarnos.

A lo largo de la historia, ha habido muchos vaticinadores de catástrofes en nombre de la religión. Y, cuando anunciaban el fin del mundo, efectivamente terminaba un mundo localizado en un contexto histórico y espacial concreto: el mundo de los judíos de tiempos de Jesus con la destrucción de Jerusalén en el año 70 o la caída del Imperio romano en el año 410. Pero, el destino final no nos corresponde a nosotros, saberlo, ni el día ni la hora, porque solo Dios lo sabe.

Por tanto, ¿Que interpretación cabe dar a este Evangelio?: Que de igual manera a como en nombre de la religión muchos vaticinan el fin del mundo, hay otros, que en nombre del mundo vaticinan el fin de la religión (filósofos ateos y marxistas), tú y yo, ni lo uno, ni lo otro. Esperanza cierta en ver a Dios en nuestra vida, confianza plena de saberlo con nosotros, memoria agradecida de poder amarlo y dejarnos amar por El.

Os cuento una anécdota que me ayudó el otro día a experimentar la cercanía de Dios con nosotros: bajando a Madrid, en una parada de bus, estaban una madre con su hijo. Hasta aquí es normal, a la hora de ir al colegio. El hijo, que estaba en silla de ruedas, era paralítico cerebral y me llamó la atención el cariño con que la madre le miraba. No le quitaba ojo de encima, y por si fuera poco, reclinaba su cabeza en la de el. Era como si de manera silenciosa, le dijera, te quiero. Y, a mi como testigo privilegiado de esa escena, me tocaba ver a Dios padre en ella y a Dios-Hijo en El. Así es la vida, ves personas y circunstancias que sin casi darte cuenta evocan una realidad, muchas veces más real que lo que a simple viste tenemos delante.

De igual modo a como esa madre mira a su hijo y se reclina en el, es como nos mira Dios y se reclina en nosotros.

Termino, volviendo al libro del monje benedictino, con ese Dios no enfadado que es Dios que sonríe. Una persona cuando ama es muy feliz, ¿que podríamos pensar De Dios, en cuanto sumamente bueno y sumamente Amor?: es sumamente feliz y no puede evitar sonreír. La sonrisa De Dios nos recuerda que ser cristiano y estar alegre, son cosas que van unidas. El apóstol Santiago el menor, nos lo recuerda en su carta: ¿está triste alguno de vosotros?; ore. La oración genera alegría, porque pone el alma en contacto con Dios. La falta de oración, entristece y amarga el carácter, porque ponemos en nuestros hombros mas peso del que podemos llevar.

Que María, nos sostenga con su mirada de Madre y podamos así, sostener a otros con alegría.

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